Abandonó sus cuatro paredes para reencontrarla a pesar de la lluvia.
Se sentaba con la mirada perdida y la boca semiabierta esperando a la musa. Se sentaba y esperaba.
Combatiendo el olvido la brisa escapaba sobre sus dedos y entre las cuerdas, más allá del silencio, provocaba casi un sueño. Pero no le alcanzaba, faltaba el deseo.El deseo que se había mudado a otra ciudad, cercana, pero lejana en sus adentros. No valieron las cartas reclamando la hora de la tregua, ni la bandera blanca del fin de la guerra reclamando un espacio de entendimiento.
No hubo prórrogas.
Pero haciendo recuento, entendió que no sólo quedaba el viento.
El mundo no se había parado, la musa ya no estaba dentro.
Una canción optimista le devolvió el aliento.
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