De como una piscina me devolvió a mis abuelos...

Hace unos días me perdí en la M30, como tantas otras veces estos últimos dos meses, buf, ya más de dos meses.
No sabía exactamente donde estaba, sólo intuía que debía de ser cerca del barrio donde vivían mis abuelos, un barrio al que no voy desde que mi abuelo murió hace mas de siete años…
De repente vi un edificio bajo, lo reconocí en mis recuerdos, supe que era la piscina a la que iba de niña con mi madre cuando veníamos en verano a ver a mis abuelos. Me sentí en casa, tuve una sensación indescriptible… No he ido a esa piscina ni he pasado por delante quizás desde hace 15 años… no había pensado en esos días calurosos de verano madrileño desde hace infinidad de tiempo, cuando venir a Madrid era toda una aventura.
De repente mi coche tenía olor a infancia, olía a la casa de mis abuelos, a su detergente, a sus colonias…
Supe volver a mi casa, porque estaba en casa.
No recuerdo el nombre de la calle donde está ese minúsculo piso donde mi abuelo me contaba historias, donde mi abuela intentaba enseñarme a jugar a las cartas, pero sin embargo puedo recrear en mi mente cada una de las siesta que dormí tumbada al revés en la butaca del también minúsculo salón, con los pies hacia arriba, sobre el respaldo y la cabeza apoyada en una silla. Me gustaba dormir al revés en aquella butaca, eran las únicas siestas que dormía en el año, odiaba dormir la siesta menos en Madrid, me quedaba dormida sin darme cuenta mientras escuchaba hablar a mis abuelos y a la televisión de fondo, disfrutando de ellos entre olor a jamón serrano, toldos verdes y tormentas veraniegas.
Quizás mis abuelos estuvieron conmigo el otro día en mi coche, porque al llegar al garaje el olor seguía presente y mi estado de ánimo era el que aquella niña emocionada y sorprendida por las calles enormes de Madrid, que esperaba el verano para perderse en la gran ciudad y refugiarse en el minúsculo piso de mis abuelos.
Ayer pasé por delante del museo del Prado, he pasado miles de veces, pero ayer recordé de nuevo aquellos veranos.
Madrugar un día para ir con la fresca al Prado era una de las cosas inexcusables de aquellos veraneos atípicos de mi infancia.
Recuerdo la primera vez que mi madre me llevó a ver “Las Meninas”, y el miedo que sentí al entrar en la sala de las pinturas oscuras de Goya…
Madrid era un mundo de posibilidades y mi madre me las enseñaba todas.
Conocí muchas cosas de Madrid en aquellos veranos, cosas que recuerdo con claridad.
Mi madre era la guía turística y yo una niña ávida de conocer cosas extraordinarias.
Madrid era entonces un lugar maravilloso y pasar el verano asada de calor no era un problema porque estaban mis abuelos, su jamón, sus plátanos, estaba la piscina de su barrio, estaba el Prado, el Reina Sofía, el Palacio Real y los cines de la Gran Vía con carteleras más grandes de lo que nunca hubiera podido imaginar.





La foto es de uno de esos veranos, en los jardines del Reina Sofía. La otra foto es de mis abuelos, en sus bodas de oro, cuando yo tenía tan sólo un añito… al pasar el otro día por delante de aquella piscina me di cuenta de lo mucho que los he echado de menos. Madrid no volvió a ser lo mismo sin ellos…
























































































































































































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